Dentro del despacho secreto en el sótano de la Mansión Volkov en San Petersburgo, el aire era tan frío que el aliento humano formaba cristales. La única fuente de luz era una hilera de monitores gigantes que emitían un resplandor azul eléctrico, iluminando el rostro de Nikolai Volkov, quien parecía una estatua de mármol sedienta de sangre.
Ivan estaba de pie detrás de él, sosteniendo una carpeta digital que acababa de sincronizar con la pantalla principal. Sus dedos temblaban ligeramente, no