Aura se dirigió a la entrada de su edificio. Su pulso seguía acelerado, pero la determinación gélida había solidificado sus pasos. Se sentía incapaz de tomar el volante, sabiendo que su mente era un torbellino de pánico y furia, y que necesitaba llegar a El Oráculo con el menor perfil posible. Por eso, sacó el móvil para confirmar su única opción segura. En la pantalla, el nombre del conductor parpadeaba: Don Rafael.
Se cubrió con un largo tapado oscuro con capucha y se puso unos lentes de sol