Capítulo 40. Entre la espada y la pared.
El hombre mantenía una compostura pétrea, observando a Aura con una intensidad que parecía perforar el aire. El silencio en el pasillo era opresivo, roto solo por la respiración entrecortada de Aura y el tic-tac lejano de un reloj.
Aura, sintiendo que su cuerpo entero vibraba, reconoció la forma de la boca, la línea de la mandíbula firme y esa mirada helada que había amado y que, inevitablemente, la había destrozado.
—Danilo... —murmuró, el nombre apenas un suspiro de incredulidad y reproche.
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