—¡Perdóneme!—el hombre que estaba frente a Díaz cayó de rodillas de inmediato.
Con evidente fastidio, Díaz volvió a guardar su pistola y lo tomó del cuello de la camisa, obligándolo a ponerse de pie.
—La próxima vez, no quiero volver a verte entorpeciendo nuestros negocios.
El hombre asintió repetidas veces, aterrorizado. Sus manos temblaban sin control, pero aun así Díaz le propinó varios golpes más.
—Si no te disparo, entonces tendrás que soportar los golpes—dijo Díaz, dirigiéndose al otro ho