—No. Tu propio problema aún no está resuelto. Matteo te está buscando, Lucía también, y ahora Matilda te tiene en la mira. Debemos centrarnos primero en tu situación —intentó advertirme Felipe para que no actuara de forma imprudente.
—De acuerdo, pero también quiero ser útil.
—Con que te quedes quieta y no me hagas perder la cabeza, ya eres útil. Tranquila, sigue todo lo que te diga, no intentes hacerte la lista y terminar como los otros días. Ayer quizá tuviste suerte de salir con vida, pero ¿y si hubieras muerto? Hasta un picotazo de gallina duele, imagina perder la vida —Felipe siguió presionándome, recordando lo ocurrido el día anterior.
—Está bien, señor. Por favor, no sea tan duro conmigo —lo miré con una expresión afilada, pero Felipe solo sonrió y me acarició suavemente la cabeza.
—Hazme caso, por favor —repitió una vez más.
—De acuerdo… pero, Felipe —dije con voz contenida.
—¿Qué ocurre? —preguntó, confundido.
—Quiero saber cómo está mamá. ¿Se encuentra bien? ¿No podría venir