Matteo se volvió para ver quién había derribado la puerta de la casa que ocupaba. Díaz avanzó hacia él y, sin dudarlo, lo sujetó del cuello de la camisa, obligándolo a quedar frente a frente. Sin preámbulos, Díaz lanzó un puñetazo implacable, rápido y brutal. Matteo ni siquiera tuvo tiempo de devolver un solo golpe.
Yo gemí de dolor desde el suelo, sintiendo cada parte de mi cuerpo arder, pero aun así agradecí que Díaz estuviera allí. No había nada que pudiera hacer para ayudarlo; solo podía ob