Matteo se volvió para ver quién había derribado la puerta de la casa que ocupaba. Díaz avanzó hacia él y, sin dudarlo, lo sujetó del cuello de la camisa, obligándolo a quedar frente a frente. Sin preámbulos, Díaz lanzó un puñetazo implacable, rápido y brutal. Matteo ni siquiera tuvo tiempo de devolver un solo golpe.
Yo gemí de dolor desde el suelo, sintiendo cada parte de mi cuerpo arder, pero aun así agradecí que Díaz estuviera allí. No había nada que pudiera hacer para ayudarlo; solo podía observar cómo golpeaba a Matteo sin piedad.
Matteo intentó soltarse y contraatacar, pero recién entonces comprendí lo fuerte y hábil que era Díaz. Una furia inmensa se reflejaba en su rostro, como si la mujer que amaba hubiera sido herida y humillada por Matteo. Aquello me dolió y me conmovió al mismo tiempo.
Sin embargo, en ese momento vi que Matteo, ya debilitado, notaba la presencia de un bate de béisbol cerca de él, sobre una mesita junto al lugar donde luchaban. Con un solo golpe dirigido al