Celeste.
El comedor de la cabaña de Kael estaba sumido en una tranquila rutina. El sol del mediodía se colgaba por las ventanas.
La mesa de madera rústica crujía levemente cuando alguno de los presentes se movía, y el aroma de la comida recién servida flotaba en el aire, mezclado con las voces de cada integrante.
—Veo que te encuentras mejor —le dije a Damián.
Él aún llevaba vendas ceñidas sobre su torso desnudo. No usaba camisa desde lo que sucedió. Era un recordatorio de la herida que le