Kael.
Samanta, Samanta, Samanta.
Desde que esa mujer llegó, mi irritabilidad subió un mil por ciento. Celeste se había vuelto muy amiga de ella, y eso me hacía enojar.
Apoyé el mentón sobre mi puño en la mesa de mi escritorio. La mandé a llamar para aclarar la situación de una vez por todas, porque una desconocida sin memoria no iba a apartarme de Celeste.
Ella entró con nerviosismo. Cerró la puerta de la oficina y caminó a pasos lentos hasta sentarse frente a mí. Apretó los labios. Tenía s