Celeste.
El amanecer llegó con una luz dorada filtrándose por las ventanas, y con él, una paz nueva.
La cabaña estaba silenciosa, pero no era el silencio de antes. Este era más cálido. Había dos llantos suaves durante la noche, seguidos por suspiros, susurros, arrullos improvisados y una ternura que aún no encontraba palabras para describir.
Los mellizos dormían en una cuna doble que Kael había colocado junto a la cama, tallada por sus propias manos días antes.
Él dormía conmigo, medio torci