Celeste.
La noche siguiente fue más tranquila.
Después de la odisea de Kael con las fresas, que por cierto, estaban deliciosas, nos quedamos dormidos abrazados, con su brazo rodeando mi cintura y su respiración cálida en mi cuello. Me desperté antes que él, algo raro, y me quedé observándolo mientras dormía.
Nunca pensé que ver a alguien dormir pudiera ser tan reconfortante.
Cuando abrió los ojos, me sonrió con esa expresión suave que solo me mostraba a mí.
—¿Estás bien? —preguntó, acariciándo