Celeste.
El tercer día en la cabaña amaneció con una neblina suave que cubría el bosque como un velo. El aire olía a tierra húmeda y a hojas frescas, y el canto de los pájaros era más tenue, como si incluso ellos respetaran la calma de ese rincón escondido del mundo.
Kael y yo habíamos decidido dar un paseo corto. Nada exigente, solo una caminata tranquila por los senderos que rodeaban el lago. Yo llevaba una capa ligera sobre los hombros y caminaba despacio, con una mano sobre mi vientre y la