Las calles del barrio se sentían más estrechas de lo que Eva recordaba. Las fachadas descascaradas, los postes oxidados y los árboles raquíticos que se alineaban a los costados del camino parecían detenidos en el tiempo. La última vez que había caminado por allí era apenas una niña, de la mano de su madre, con la mochila al hombro y una sonrisa llena de sueños que aún no conocía el sabor del desengaño.
Aparcó el auto frente a la antigua unidad vecinal y bajó en silencio. El aire tenía un olor fa