La noche había caído sobre la ciudad, pero en el despacho de Santiago Duarte, la oscuridad era más que una simple ausencia de luz. Sentado tras su escritorio de caoba, Santiago hojeaba una carpeta de cuero negro. Cada página era una confirmación, una pieza más del rompecabezas que había estado construyendo durante semanas. Frente a él, un hombre delgado, vestido de traje oscuro, esperaba con las manos cruzadas tras la espalda.
—¿Está completamente seguro? —preguntó Santiago sin levantar la vista