Heridas que no sanaron

La lluvia golpeaba los ventanales con suavidad, como si el cielo también necesitara liberar peso. Eva estaba sentada en el sofá del departamento, arropada con una manta ligera, el diario de Felipe entre las manos. Las primeras páginas le habían mostrado a un hombre apasionado, decidido, lleno de esperanzas que a veces rozaban la ingenuidad. Pero fue cuando llegó al tramo de los últimos meses —poco antes de su muerte— que las palabras comenzaron a doler más.

La tinta estaba más apretada, la cal
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