La sala de juntas estaba en silencio, pero no por respeto. Era un silencio tenso, cargado, el tipo de quietud que antecede a una decisión irreversible. Santiago presidía la mesa con los dedos entrelazados y una expresión impenetrable. A su lado, un abogado de mirada afilada sostenía una carpeta de cuero. Alejandro, al otro extremo de la mesa, mantenía el rostro sereno, pero su mirada delataba el estrés contenido.
Uno de los directores, un hombre mayor de cabello gris y voz firme, fue el primero