William se marchó esa noche. No lo despedí como solía hacerlo; me sentía completamente rota, como si algo dentro de mí se hubiera quebrado para siempre.
A la mañana siguiente, Shyla entró al cuarto con una pequeña mesa donde había preparado el desayuno. Su presencia siempre traía un poco de luz, incluso en los días más oscuros.
—Shyla, en serio amo tu amabilidad, pero no quiero comer ahora —le dije, con la voz apenas audible.
—Lo sé, pero debes intentarlo, por favor —respondió con dulzura, su