Finalmente, logré tranquilizarme. Con el corazón aún tambaleante, decidí entrar a la casa. Allí estaba Bastian, sentado en la sala, moviendo frenéticamente las piernas de un lado a otro, con las manos cubriendo su boca. El aire estaba cargado de tensión.
Me acerqué a él, arrodillándome para quedar a su altura. Le tomé las manos con suavidad. Alzó su rostro hacia mí. Estaba rojo, empapado de lágrimas, y reflejaba una mezcla de dolor y arrepentimiento que atravesó mi alma como un rayo.
—No pasa