Todo el camino hacia la casa de mi padre, William evitaba mis ojos como si fueran un reflejo incómodo de las palabras que no quería pronunciar. Cada vez que intentaba acercarme con una mirada, se apartaba como si cargar con mi silencio fuera suficiente peso. Sus palabras frías y calculadas no hacían más que hacerme sentir pequeña, incapaz de darle aquello que él deseaba. La distancia entre nosotros, aunque invisible, era abrumadora.
—¿Sabes dónde está Freya? —rompí el silencio—. Hace tiempo que