—Estás muy seria, ¿te pasa algo, Mariella? —preguntó con un deje de inquietud.
Agaché la mirada, dejando los cubiertos a un lado. No quería que mis lágrimas de angustia y tristeza fueran visibles.
—Sí, pasa algo —suspiré profundamente, intentando aplacar el nudo que se había asentado en mi garganta—. Vine para hablar sobre los arreglos de nuestra boda.
Él guardó silencio, pero podía sentir el peso de su mirada clavada en mí, tan penetrante como desconcertante.
—Así que de eso tenemos que hablar