16. Los niños a veces exageran.
Byron no pudo evitarlo. Se inclinó un centímetro hacia delante.
— Gracias… — dijo, con una voz que no pretendía ser suave y, sin embargo, lo era. — Gracias de verdad, pequeño.
Liam sonrió, orgulloso de su hazaña, y Byron sintió un calor inesperado, familiar, en el estómago por aquella sincera sonrisa.
Y entonces tras una sacudida eléctrica que finalmente recorrió toda su espalda, ella giró.
No fue un giro dramático. Fue un movimiento mínimo, casi involuntario. Un par de centímetros. Suficientes