Mundo ficciónIniciar sesiónDante se había quedado dormido bajo el efecto de los analgésicos, pero su mano seguía rodeando mi muñeca, incluso en sueños. Me quedé sentada en el borde de su inmensa cama, observando cómo su pecho vendado subía y bajaba con dificultad. El silencio de la mansión era absoluto, un contraste violento con el caos de la gala, pero en mi mente, el ruido no cesaba.
Miré mis manos. Aún quedaban rastros de sangre seca bajo mis uñas. Sangre de Dante. Sangre que se mezclaba con los recuerdos de otra sangre, una más antigua, que nunca había logrado limpiar de mi memoria. Cerré los ojos y, de repente, ya no estaba en una mansión de lujo. Tenía diez años y estaba escondida en el armario de nuestra pequeña cocina en el barrio bajo. A través de las rendijas de la madera, veía a mi madre, Sofía. Ella era la mujer más hermosa que conocía, con una risa que iluminaba nuestro apartamento de dos habitaciones. Pero esa noche, su risa se había apagado. Mi padre, un hombre cuya memoria yo había decidido borrar con ácido, estaba gritando. El sonido de un cristal rompiéndose —igual que el portarretratos en la oficina de Dante— retumbó en mis oídos. —¡Escóndete, Elena! ¡No salgas! —había gritado mi madre. En sus brazos apretaba a Lucas, que apenas era un bebé de meses. Lucas lloraba, un sonido agudo y frágil que parecía romper el aire. Mi madre recibió el golpe que iba dirigido a él. Recibió todos los golpes. Esa noche, ella no solo perdió su salud; perdió su chispa. Mi padre se fue para no volver, dejándonos una montaña de deudas y una madre que nunca volvió a ser la misma. A partir de ese día, mi madre se convirtió en cristal. Un cristal que se fue agrietando con los años. Trabajó en tres empleos para darnos de comer, limpiando suelos ajenos hasta que sus pulmones no pudieron más. El diagnóstico llegó hace dos años: una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, agravada por los productos químicos de limpieza y la desnutrición silenciosa que sufrió para que Lucas y yo tuviéramos un plato en la mesa. Ahora, ella estaba en una cama de hospital, conectada a un respirador que costaba más de lo que yo ganaría en tres vidas. Cada pitido de esa máquina era un recordatorio de mi deuda con ella. —¿Elena? —la voz de Dante, ronca por el sueño y el dolor, me trajo de vuelta al presente. Me sobresalté, tratando de ocultar las lágrimas que amenazaban con caer. Él me observaba, sus ojos azules nublados pero atentos. —Estás lejos —dijo él, soltando mi muñeca solo para buscar mi mano de nuevo—. Demasiado lejos. —Solo pensaba en mi familia —respondí, bajando la mirada—. En por qué estoy aquí. Dante hizo un esfuerzo por incorporarse, soltando un siseo de dolor. —Cuéntame. No el resumen que leí en tu expediente. Cuéntame la verdad. ¿Por qué una mujer con tu talento para el arte termina limpiando mis oficinas a las dos de la mañana? Suspiré, sintiendo que las palabras se agolpaban en mi garganta. —Mi madre está muriendo, Dante. Cada día que pasa en ese hospital es un día que le robo a la muerte. Y Lucas... Lucas es lo único que me queda de la versión feliz de mi vida. Cuando mi padre se fue, yo le prometí a mi madre que lo protegería. Él era tan pequeño... creció viendo a nuestra madre romperse. Creo que por eso busca el peligro, por eso se metió con tus cobradores. Busca una salida rápida porque nunca tuvo una lenta. Dante me escuchaba con una intensidad aterradora. No había juicio en su rostro, solo una comprensión oscura. —Lucas no es un mal chico —continué, mi voz quebrándose—. Solo es un chico desesperado. Y yo soy la única pared que queda entre él y el abismo. Si tengo que ser tu "ratoncita", si tengo que fingir que te amo frente a hombres peligrosos, o si tengo que recibir una bala por ti... lo haré. Porque si yo caigo, ellos caen conmigo. Me cubrí la cara con las manos, avergonzada de mi vulnerabilidad frente al hombre que me tenía cautiva. Pero entonces, sentí algo imposible. Dante me rodeó con su brazo sano y me atrajo hacia su pecho. Me quedé rígida, esperando la burla, pero solo sentí el latido constante de su corazón bajo el vendaje. —Somos más parecidos de lo que crees, Elena —susurró él contra mi cabello—. Los dos estamos protegiendo las cenizas de lo que amamos. Tu madre está en ese hospital porque dio su vida por ti. La mía está en una tumba porque no pudo protegerse a sí misma. Él me separó un poco para mirarme a los ojos. Por primera vez, no vi al CEO despiadado, sino al niño que vio a su madre morir en el suelo de una oficina. —No dejaré que tu madre muera —dijo con una autoridad absoluta—. Mañana mismo será trasladada a mi clínica privada. Los mejores especialistas del país se encargarán de ella. Mis ojos se abrieron de par en par. —Dante, yo no puedo pagarte eso... el contrato ya es demasiado... —No es parte del contrato —me interrumpió, y su mano acarició mi nuca con una posesión que ya no se sentía como una amenaza, sino como un refugio—. Es un regalo. O quizás, es mi forma de asegurar que tu lealtad no sea solo por miedo, sino por algo más. —¿Por qué haces esto? —pregunté, mi corazón latiendo con una esperanza peligrosa. Dante se inclinó y besó mi frente, un gesto tan tierno que me dolió más que cualquier insulto. —Porque hoy te interpusiste entre la muerte y yo. Y en mi mundo, Elena, eso te convierte en la persona más valiosa que poseo. Y yo cuido mis posesiones con más ferocidad de la que imaginas. Me quedé allí, apoyada en su pecho, escuchando el silencio de la noche. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso. La gratitud es una semilla que, en manos de un hombre como Dante Volkov, podía convertirse en una obsesión. Pero mientras cerraba los ojos, solo podía pensar en una cosa: por fin, después de años de ser el pilar de todos, alguien me estaba sosteniendo a mí. Aunque ese alguien fuera el mismísimo diablo.






