Dante se había quedado dormido bajo el efecto de los analgésicos, pero su mano seguía rodeando mi muñeca, incluso en sueños. Me quedé sentada en el borde de su inmensa cama, observando cómo su pecho vendado subía y bajaba con dificultad. El silencio de la mansión era absoluto, un contraste violento con el caos de la gala, pero en mi mente, el ruido no cesaba.
Miré mis manos. Aún quedaban rastros de sangre seca bajo mis uñas. Sangre de Dante. Sangre que se mezclaba con los recuerdos de otra sang