Mundo ficciónIniciar sesiónEl estruendo del disparo seguía rebotando en mis oídos, un pitido agudo que devoraba cualquier otro sonido. El olor a pólvora quemada inundó mis fosas nasales, mezclándose con el perfume amaderado de Dante. Sentí un peso muerto sobre mí, una presión sofocante que me arrastró al frío suelo de mármol.
—¡Dante! —mi voz salió como un graznido roto. Mis manos buscaron desesperadamente su cuerpo. La seda roja de mi vestido se sentía extrañamente cálida y pegajosa. Cuando retiré los dedos, estaban bañados en un carmesí brillante. El pánico, puro y líquido, me recorrió las venas. —No, no, no... mírame, Dante. ¡Abre los ojos! Él soltó un gruñido ahogado, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula parecía de piedra. No me miraba a mí; su mirada gélida estaba fija en Kaelen, quien yacía en el suelo a unos metros, reducido por los guardaespaldas de Dante que habían aparecido como sombras de la nada. —Estoy... bien... —logró decir Dante, aunque su respiración era un silbido entrecortado—. Fuera... sácame de aquí. Sus hombres nos rodearon, formando una muralla humana que nos ocultaba de los flashes de los teléfonos y las miradas morbosas de la élite. Con un esfuerzo sobrehumano, Dante se puso en pie, apoyando todo su peso sobre mis hombros. Podía sentir el calor de su sangre empapando mi hombro, traspasando la tela, marcándome. El trayecto en la camioneta blindada fue un borrón de luces de ciudad y el sonido de las sirenas a lo lejos. Dante se negaba a ir al hospital. —Llamen a Miller —ordenó por radio a su jefe de seguridad—. Que esté en la mansión en cinco minutos. Si una sola palabra de esto sale en las noticias, los enterraré a todos. En el asiento trasero, la oscuridad nos envolvía. Dante tenía la cabeza apoyada en el respaldo, con los ojos cerrados y el rostro más pálido de lo que jamás lo había visto. Su mano, todavía grande y poderosa, buscó la mía en la penumbra y la apretó con una fuerza desesperada. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó de repente. Su voz era apenas un susurro. —¿Hacer qué? —respondí, secándome las lágrimas con la mano libre. —Te interpusiste, Elena. El disparo era para mí. Podrías haber muerto. Podrías haber sido libre de tu contrato en un segundo. Me quedé en silencio. La pregunta me golpeó más fuerte que el caos de la gala. ¿Por qué lo había hecho? Él era mi captor, el hombre que me chantajeaba con la vida de mi hermano. Debería haber deseado que la bala encontrara su objetivo. —No lo sé —mentí, aunque mi corazón, latiendo desbocado contra mis costillas, conocía la respuesta. No podía dejar que la única luz, por más oscura que fuera, se apagara frente a mí. Llegamos a la mansión. El doctor Miller ya estaba allí. La biblioteca se convirtió en un quirófano improvisado. Me obligaron a salir, pero me quedé tras la puerta, escuchando el tintineo del metal contra el cristal y los gruñidos de dolor de Dante que intentaba reprimir. Horas después, el doctor salió secándose las manos. —La bala atravesó el hombro. Limpio, por suerte. Pero ha perdido mucha sangre. Está sedado, pero insiste en verla a usted, señorita Paz. No sé qué clase de control tiene sobre ese hombre, pero es lo único que lo mantiene consciente. Entré en la habitación con paso vacilante. Dante estaba en su inmensa cama, con el torso vendado y la piel casi traslúcida. Al verme, sus ojos se abrieron lentamente. El azul gélido parecía más profundo, más hambriento. —Acércate —ordenó, señalando el borde del colchón. Obedecí. Al sentarme, él extendió su mano sana y acarició mi mejilla con una delicadeza que me asustó. —Has manchado tu vestido por mí —dijo, mirando la mancha de sangre seca en mi hombro—. Ahora llevas mi marca, Elena. No solo en el papel, sino en tu piel. —Fue un accidente, Dante. El instinto... —No fue un accidente —él me obligó a inclinarme hacia él, reduciendo la distancia hasta que nuestras frentes se tocaron—. Fue lealtad. Y la lealtad en mi mundo se paga con algo más que dinero. Su mirada bajó a mis labios. La tensión sexual en la habitación era tan espesa que casi se podía tocar. —Dijiste que los Volkov no nacieron para amar, sino para poseer —le recordé, sintiendo que mi propia resistencia se desmoronaba. —Exacto —susurró él, y sus labios rozaron los míos en un beso que sabía a hierro y a posesión absoluta—. Y ahora, Elena... te poseo más de lo que jamás imaginaste. No dejaré que nadie, ni siquiera la muerte, te arrebate de mi lado. En ese momento, comprendí que la bala no solo había herido a Dante. Había destruido la última barrera que me protegía de él. Ya no era su empleada, ni su asistente, ni su prometida falsa. Era su debilidad. Y en el mundo de Dante Volkov, las debilidades se protegían con sangre.






