Inicio / Romance / Vendí mi alma al CEO / Capítulo 6: El Vals de los Hipócritas
Capítulo 6: El Vals de los Hipócritas

El Salón Grand Imperial estaba envuelto en un resplandor dorado. Cientos de cristales colgaban del techo, reflejando la luz de las velas sobre las joyas de la élite de la ciudad. Era un mar de hipocresía vestida de alta costura, y Elena se sentía como una intrusa en un nido de víboras.

Llevaba un vestido de seda color rojo sangre, de hombros caídos, que Dante había elegido personalmente. "El rojo es el color de la guerra y del deseo", le había dicho mientras la observaba vestirse con esa mirada que la hacía sentir desnuda.

—Mantén la cabeza en alto, ratoncita —murmuró Dante cerca de su oído mientras entraban al salón—. Aquí, el miedo se huele a kilómetros, y estas personas se alimentan de él.

Dante rodeó la cintura de Elena con su brazo, pegándola a su costado. Su mano era una marca de propiedad ardiente contra la seda del vestido. Ella forzó una sonrisa mientras las miradas se clavaban en ellos como alfileres. Los susurros corrían por el salón como pólvora: ¿Quién es ella? ¿De dónde la sacó Volkov? ¿Es cierto que están comprometidos?

—Dante, querido, ¡qué sorpresa tan deliciosa!

Una mujer de belleza gélida, vestida en plata líquida, se interpuso en su camino. Sus ojos recorrieron a Elena con un desprecio mal disimulado. Era Bianca Moretti, la hija de un magnate naviero y, según los tabloides, la mujer que todos esperaban que se casara con Dante.

—Bianca —saludó Dante con una frialdad cortante—. Te presento a Elena, mi prometida.

Bianca soltó una risa cristalina que no llegó a sus ojos.

—¿Prometida? Vaya, Dante. No sabía que tenías gusto por las... antigüedades sencillas. ¿En qué jardín encontraste esta flor silvestre? Porque claramente no ha visto un salón de baile en su vida.

Elena sintió que la sangre se le subía a las mejillas. La humillación era un nudo en su garganta, pero antes de que pudiera bajar la mirada, sintió que el agarre de Dante en su cintura se apretaba.

—La encontré en el único lugar donde tú nunca podrías estar, Bianca —respondió Dante, su voz bajando a un tono que hizo que incluso la mujer de plata retrocediera un paso—. En mi corazón. Elena no necesita joyas para brillar, ella es el tesoro. Ahora, si nos disculpas, tengo un baile pendiente con mi futura esposa.

Dante arrastró a Elena hacia la pista de baile antes de que Bianca pudiera articular palabra. La música comenzó: un vals lento, oscuro y melancólico.

Él la tomó por la mano y la otra la colocó firmemente en su espalda baja. Elena se vio obligada a seguir sus pasos. Dante bailaba con una precisión militar, guiándola con una autoridad que no dejaba espacio para el error.

—Gracias —susurró Elena, mirando el nudo de su corbata negra. No se atrevía a mirarlo a los ojos—. No tenías que defenderme así.

—No te confundas —dijo él, su aliento rozando su frente mientras giraban—. Nadie insulta lo que es mío. Si permito que te humillen, me humillan a mí. Y yo no pierdo, Elena. Jamás.

—¿Incluso si eso significa mentir sobre "tu corazón"? —ella se atrevió a levantar la vista. Sus ojos se encontraron, y por un momento, el ruido de la gala desapareció. Solo existían el roce de sus cuerpos y el ritmo de la música—. Dijiste que no tenías sentimientos.

Dante se detuvo en medio de la pista, a pesar de que la música seguía. Sus ojos azules ardían con una intensidad que hizo que las piernas de Elena flaquearan.

—Hay verdades que se disfrazan de mentiras para poder ser dichas, ratoncita —susurró él, inclinándose tanto que sus labios casi rozaron los de ella.

En ese momento, un estruendo rompió la atmósfera. En la entrada del salón, Lord Kaelen apareció escoltado por dos hombres de aspecto siniestro. Su mirada recorrió el lugar hasta fijarse en la pareja. No venía a celebrar; su rostro estaba contraído en una mueca de furia pura.

—¡Volkov! —gritó Kaelen, su voz silenciando la orquesta—. ¡Tenemos un problema con el cargamento del muelle 9! Me han dicho que tus hombres interceptaron mi mercancía. ¿Es así como tratas a tus "socios"?

Dante no se inmutó. Lentamente, soltó a Elena y se colocó frente a ella, protegiéndola con su cuerpo. El aire en el salón se volvió denso, pesado.

—Tu mercancía era ilegal, Kaelen. Incluso para mis estándares —dijo Dante con una calma aterradora—. Te advertí que no usaras mis rutas para tus negocios sucios. Ahora, lárgate de mi vista antes de que decida que tu seguridad ya no es mi prioridad.

Kaelen sacó algo de su chaqueta. Un brillo metálico. El pánico estalló en el salón. Gritos de mujeres y sillas cayendo crearon un caos instantáneo.

—Si yo caigo, tú vienes conmigo —rugió Kaelen, apuntando el arma directamente hacia Dante.

Elena no pensó. El instinto de protección, ese que Dante decía que era para los débiles, la dominó. Se lanzó hacia adelante, tratando de interponerse o desviar a Dante, justo cuando el sonido seco de un disparo retumbó en las paredes de mármol.

El mundo se volvió blanco. Elena sintió un impacto, un empujón violento, y luego el peso de un cuerpo cayendo sobre ella.

—¡Dante! —gritó, su voz desgarrándose mientras caían al suelo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP