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El silencio en el piso 42 del edificio Volkov era absoluto, roto únicamente por el zumbido suave de la aspiradora. Elena se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Eran las dos de la mañana y sus pies se sentían como si caminara sobre brasas, pero necesitaba este turno extra. El hospital no aceptaba promesas como pago por las medicinas de su madre.
Entró en la oficina principal. Era un santuario de cristal y ébano que olía a sándalo y a poder. —Solo cinco minutos más y me largo —susurró para sí misma. Dejó la aspiradora y comenzó a sacudir el polvo del inmenso escritorio. Fue entonces cuando lo vio: un sobre de manila entreabierto. Por la abertura asomaban fajos de billetes de cien dólares. Elena sintió un vuelco en el estómago. Con ese dinero podría pagar no solo las medicinas, sino también la deuda que su hermano Lucas había contraído en los barrios bajos. Sacudió la cabeza, alejando la tentación. Ella no era una ladrona. Al retroceder con prisa, su codo golpeó un portarretratos de cristal tallado que presidía la mesa. El tiempo pareció detenerse mientras el objeto caía al suelo, estallando en mil pedazos con un estruendo que le heló la sangre. —¡No, no, no! —sollozó, arrodillándose para recoger los cristales con manos temblorosas. Un trozo afilado le cortó el dedo índice. Una gota de sangre roja y brillante cayó sobre la alfombra gris perla. CLACK. El sonido de la puerta cerrándose con llave la hizo saltar. Elena se giró, todavía de rodillas. Desde la penumbra de un rincón de la oficina, una figura alta y dominante emergió. Dante Volkov. No vestía su habitual traje de tres piezas, sino una camisa negra con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, revelando tatuajes que trepaban por sus antebrazos como sombras vivas. —Dicen que la curiosidad mató al gato, ratoncita —su voz era una vibración baja que le erizó la piel—. Pero en mi casa, la torpeza se paga más cara que la curiosidad. Elena intentó levantarse, pero Dante ya estaba sobre ella. Su presencia era asfixiante, cargada de un magnetismo oscuro que la dejó paralizada. Él la sujetó del mentón, obligándola a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de hielo azul. —Señor Volkov, lo siento mucho... yo solo limpiaba... fue un accidente... Dante bajó la mirada hacia el sobre de dinero y luego hacia la mancha de sangre en su alfombra de seda. Una sonrisa cruel curvó sus labios. —Has ensuciado mi oficina con tu sangre y has roto el único recuerdo que me importaba —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó el oído de Elena—. Nadie toca mis cosas sin pagar el precio. Y me temo que tú no tienes ni un centavo en el banco. Elena tembló. Sabía de lo que este hombre era capaz. En las noticias lo llamaban "el tiburón", pero en las calles lo conocían como algo mucho peor. —Pagaré el daño, lo juro. Trabajaré gratis... —alcanzó a decir con voz quebrada. Dante soltó su mentón y se alejó un paso, observándola como si fuera una pieza de arte que acababa de comprar. —Oh, vas a pagar, Elena Paz. Pero no será limpiando suelos. Él sabía su nombre. El corazón de Elena se detuvo por un segundo. —Tu hermano me debe cincuenta mil dólares por una apuesta perdida en uno de mis clubes. Si sumamos eso a tu "accidente" de hoy... me perteneces por un largo, largo tiempo. Dante caminó hacia su escritorio y sacó un documento de un cajón. Lo deslizó sobre la superficie de madera, justo al lado de los cristales rotos. —Firma esto —ordenó con una frialdad que la hizo estremecer—. O mañana, cuando el sol salga, lo primero que recogerás de la morgue será el cuerpo de tu hermano. Elena miró el papel. En letras negritas se leía: CONTRATO DE SERVIDUMBRE EXCLUSIVA. Sus dedos ensangrentados temblaron mientras alcanzaba la pluma de oro. Sabía que, al firmar, no solo estaba salvando a Lucas. Estaba entregando su alma al mismísimo diablo.






