Cargada de electricidad y con la piel erizada, la señora Ravage hacía su caminata envuelta en esa capa de bordado dorado hacia la habitación que tenía el mismo nombre. No habían almorzado, pero el tiempo había corrido. En esa breve entrega, pasional e intensa, que tuvieron en la habitación de la joven, se creó el preámbulo perfecto para vivir aquello que, al parecer, a ambos los había tenido pensando en el otro. Y aunque la recepción no fue como al menos ella la imaginaba, peor aún con la prese