La mano se ajustó a su mejilla y, en esa posición, se abrió espacio en su boca. El ritmo, profundo, consiguió que ella misma fuera quien moviera su lengua, buscando, tanteando, saboreando lo bien que empezaba a adaptarse a lo que Ares le proponía. Desde la habitación dorada hasta esa vida donde ella, como su esposa, iba a ceder: a su guía, a su poder, a su presencia… y a la seguridad que, incluso con todo lo que había vivido, sí sentía.
—Voy a cumplir mi parte de ese trato al que hemos llegado