—Yo cedo a ti, completamente —el delicado hilo de voz erizó la piel de Ares—. Si te convences, incluso aquí —la mano pequeña terminó en su pecho—, de que soy tuya y que jamás, jamás permitiría que nadie, ni mis hermanos, ni mi familia, ni menos un extraño, me convenza de que no es a tu lado donde pertenezco. Los colibríes no pueden volar con las alas rotas, y mueren de soledad en jaulas de oro —le buscó la mirada—. Soy tuya, Ares —imposible para él fue mantener los ojos abiertos cuando ella cas