—Lo es.
Dio un paso hacia ella, quien lo miró directamente a los ojos.
—Ares, no puedo procesar lo que estoy… —su voz se agrietó—. Estamos hablando de Federico. No es cualquier extraño, no es un vagabundo en un callejón, ni un pandillero en una esquina, o un asqueroso ser espiando mis movimientos… es… —jadeó—. Es mi hermano. Es mi hermano, lo he visto como mi hermano por años… él…
La respiración apenas le alcanzaba para oxigenar la mente. Pero fue ahí, en la claridad con la que los recuerdos to