—¿Quieres o no quieres que te mire? —preguntó, desafiante.
Los ojos de ella se abrieron de par en par cuando Ares, desde el respaldo, tiró la silla hacia atrás con todo y su cuerpo. Las rodillas chocaron contra la mesa, sacudiendo todo lo que había encima. La sostenía, sí, pero la sensación de saberse en el aire agitó su respiración.
—Eres una maldita malcriada.
—Pensé que ya lo sabías —lo miró de frente.
—Te estás ganando unas buenas nalgadas, Melissa. Arregla esta actitud de niña mimada o yo