—Ay, por Dios…
—Y con lo bien que se movió… te confieso que me dan ganas de hacerlo realidad.
Melissa, sintiendo cómo un poco de paz se movía dentro de su cuerpo, se deslizó en la cama hasta quedar entre las almohadas. Escuchaba sin interrumpir la alegre voz de su amiga, contándole con detalles lo que soñó con el asistente de su esposo, ese Gaspar que, según ella, lo tenía todo: era rico, poderoso y además bien dotado; al menos en sus sueños, así lo parecía.
Entre risas y los múltiples cambios