La noche había pasado lentamente.
Por primera vez en varios días, la mansión Vercelli permaneció en calma.
A la mañana siguiente Adriano abrió los ojos lentamente.
La fiebre había disminuido y el dolor de cabeza ya no era tan intenso. Permaneció inmóvil unos segundos observando el techo antes de girar el rostro hacia el lado vacío de la cama.
Frunció el ceño.
—Joder...
Se incorporó de inmediato.
Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en una esquina. Allí estaba Isabella.
Dormida sobr