Seis meses. Habían pasado seis meses exactos desde que el sonido del papel rasgándose en el despacho de Adrián marcó el fin de mi cautiverio y el verdadero comienzo de nuestra historia.
El reflejo que me devolvía el inmenso espejo de nuestra habitación ya no mostraba a la chica aterrorizada que había llegado a esta mansión con la cabeza gacha y el orgullo destrozado. La mujer que me devolvía la mirada llevaba un vestido de seda color esmeralda que se ajustaba perfectamente a sus curvas, y en su