No sé cuánto tiempo permanecí en aquel lugar, inmóvil, con la carpeta apretada contra mi pecho como si fuera un escudo que, paradójicamente, ya me había atravesado el corazón. El aire en la habitación se sentía viciado, cargado con el peso de una verdad que no terminaba de digerir.
—Lo sabía… —susurré para el vacío, y las palabras se sintieron como fragmentos de cristal en mi garganta. Cada recuerdo de las últimas semanas, cada mirada y cada caricia, ahora se retorcía bajo la luz de este nuevo