El almuerzo con la junta directiva era, como todo en el mundo de Adrián Vólkov, un campo de batalla disfrazado de lujo y buenas costumbres. Me había preparado mentalmente para enfrentar a los tiburones de traje impecable que conformaban su círculo de negocios, pero cuando cruzamos las puertas dobles del exclusivo restaurante, me di cuenta de que la verdadera amenaza no vestía de corbata.
Valeria estaba sentada a la derecha de la cabecera de la inmensa mesa.
Vestía un traje blanco que gritaba