Capítulo 8

Alessandro volvió a entrar en la habitación con paso firme, los tacones de sus zapatos resonando en el suelo de mármol. En cuanto Natalia lo vio, su cuerpo se tensó de inmediato, sus ojos brillando con desconfianza. No se había movido del lugar donde lo había dejado unas horas atrás, seguía sentada en la cama, mirando al vacío, ignorando la bandeja de comida que había quedado intacta sobre la mesa.

Alessandro observó detenidamente la comida sin hacer un comentario, pero la indiferencia de ella lo sacaba de quicio. Dejó caer la chaqueta del traje de hombros y, con una elegancia calculada, caminó hasta el sillón en el centro de la habitación. Se desabrochó el botón superior de la camisa, revelando parte de los tatuajes que recorrían su pecho y brazos, y el aire en la habitación se volvió pesado.

Natalia, como siempre, se mantuvo en guardia, pero no pudo evitar seguir con la mirada cada uno de sus movimientos. Los músculos de sus brazos eran una prueba más de la fuerza que había detrás de su mirada fría. Se le secó la boca.

—¿Qué quieres? —preguntó con voz cortante, cruzando los brazos a la altura del pecho, como si esa fuera la única barrera que podía poner entre él y ella.

Alessandro no respondió inmediatamente. En su lugar, se recostó con desdén en el sillón, observándola de arriba abajo, como si fuera una pieza en su tablero de ajedrez. Luego, sonrió con una mezcla de diversión y desafío.

—Vengo a negociar de nuevo contigo, mocciosa —dijo con tono formal, como si el hecho de que ella estuviera encerrada no fuera más que un pequeño inconveniente en sus planes.

—No sé qué signifique mocciosa, pero no me gusta, así que no me lo digas más —respondió Natalia, clavándole la mirada. Sabía que si no se mantenía firme, él comenzaría a manipularla a su gusto.

Alessandro dejó escapar una pequeña risa, pero no fue una risa agradable. La intensidad de su sonrisa hizo que Natalia sintiera un escalofrío recorrerle la espalda.

—Rosa Smith… ¿te suena ese nombre? —preguntó, con un deje de ironía en la voz. —Es de ella de quien quiero hablarte.

El corazón de Natalia se detuvo un momento. El nombre de su abuela hizo que el aire de la habitación se volviera denso y pesado. Ella se enderezó al instante, dejando de lado todo atisbo de indiferencia.

—No se te ocurra meterte con ella —lo amenazó, su voz ronca de furia. Los ojos de Natalia chisporroteaban con una rabia palpable.

Alessandro observó el cambio en ella, disfrutando del efecto que había tenido su comentario. Su sonrisa se ensanchó, pero esta vez con un toque más calculador y frío.

—Yo solo quiero ayudarte, ragazza —respondió con esa mezcla de desprecio y dulzura en su tono—. Tú me ayudas, yo te ayudo. Así funciona esto.

La ironía de su tono fue como un puñal en las entrañas de Natalia. Se sintió vulnerable, pero no iba a ceder ante ese hombre.

—Ya te lo he dicho, quiero que me dejes ir. Eso es lo único que me interesa de ti, nada más —dijo ella, la frustración endureciendo su voz.

—Es una lástima que no quieras mi ayuda —Alessandro sacudió la cabeza lentamente, como si lamentara su terquedad. —La pobre Rosa ha estado muy enferma. En estos momentos se encuentra recluida en el hospital a causa de un ataque cardíaco.

La última parte de sus palabras se coló en el aire con la fuerza de un golpe directo al corazón de Natalia. Su abuela. Todo lo que había temido. La angustia la invadió de inmediato, opacando la rabia que sentía hacia él.

—¿Qué le has hecho? —dijo con voz temblorosa, acercándose un paso hacia él, sin poder evitar el miedo que se filtraba en sus palabras.

Alessandro no se inmutó ante la presión de su mirada.

—Se ha enterado de lo que hizo Franco contigo —añadió, disfrutando del impacto que causaban sus palabras—. Pobre mujer, no soportó la verdad.

El corazón de Natalia se oprimió. ¿Qué había hecho su padre? Su cabeza estaba a punto de estallar. De repente, la rabia hacia él no era suficiente. Su abuela, la mujer que la había criado, la única que realmente la había querido…

—Necesito ver a mi abuela —dijo, la voz quebrada, por primera vez bajando la guardia ante él. —Ella no tiene a nadie más. Mi padre es un hombre sin alma. Mi abuela me necesita. Déjame salir de aquí —suplicó, sintiendo las lágrimas amenazar con brotar.

Pero Alessandro ya tenía todo bajo control. Su mirada se volvió aún más dura, una muralla impenetrable.

—Ya sabes que eso no es posible, a menos que accedas a lo que te pido. Rosa necesita de buenos cuidados, medicamentos, y estar en un centro especializado. Así durará muchos años más. Yo puedo darle todo eso y más si accedes a casarte conmigo.

—Eres un miserable chantajista —gritó ella, la furia regresando en un torrente. ¡No podía ser!

Alessandro no se alteró. Al contrario, sonrió como quien sabe que tiene todo bajo control.

—Cada día que te niegues, la salud de tu abuela se deteriorará mucho más, piccola —su voz se suavizó, pero no menos cruel. —Tú tienes el poder en tus manos.

El sudor comenzó a correr por la espalda de Natalia, pero lo mantuvo en secreto, sin dejar que él viera su vulnerabilidad. Él había encontrado su punto débil, y no dudaba en usarlo en su contra.

Ella lo miró con rabia, sabía que no tenía otra opción. Estaba acorralada. Pero no podía rendirse por completo. Necesitaba algo más.

—Está bien, has ganado, aceptaré casarme contigo, pero antes necesito ver a mi abuela. Necesito estar con ella.

Alessandro se levantó del sofá con lentitud, como si todo estuviera sucediendo a su ritmo. Se abrochó la chaqueta del traje con elegancia, moviéndose con la misma seguridad de siempre.

—Eso no es posible. La verás cuando nos hayamos casado. Allí serás libre de salir e ir a donde quieras, cuando lo desees. No antes.

—¿Cómo sé que no es un engaño? ¿Que esto es un ardid para que yo acepte esta descabellada boda? —El miedo se mezclaba con la rabia en su voz.

—Te toca confiar en tu prometido, ragazza —le respondió, con malicia. Le guiñó un ojo, como si estuviera jugando con ella. Luego, caminó hacia la puerta, dándole la espalda. —Nos veremos pronto, Natalia.

La puerta se cerró tras él, dejando a Natalia echa una furia, atrapada entre la desesperación y la necesidad de encontrar una salida.

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