Capítulo 7

Habían pasado tres días desde que Natalia había llegado a los dominios de Alessandro Molinari. Por más que lo intentó, no logró escapar de aquel lugar. Acostada en aquella enorme cama de sábanas impolutas, repasó una y otra vez los planes de huida que había ideado durante las noches en vela. Ninguno había funcionado. Hasta que, de pronto, una idea se abrió paso con fuerza en su mente: la mujer que entraba a diario en su recámara podía ser su salvación.

Esa mujer siempre acudía con una rutina fija: limpiaba, le dejaba ropa limpia, revistas y hasta periódicos. Si lograba ganarse su confianza, tal vez podría ponerla de su lado. Natalia estaba dispuesta a todo: razonar, manipular, incluso suplicar. No soportaba la idea de pasar un día más encerrada sin saber nada de su abuela. Solo imaginar el estado de angustia en el que Rosa debía encontrarse, sin noticias de su paradero, le revolvía el estómago y la mantenía en pie, aferrada a la esperanza de escapar.

A media mañana, la puerta crujió suavemente y la mujer apareció cargada con un montón de cosas. Esta vez, Natalia contuvo el impulso de gritarle o arrojarle lo que traía, como había hecho en días anteriores. Ella no tenía la culpa de las decisiones de su desalmado jefe.

La mujer era regordeta, de rostro adusto y casi inexpresivo, parecía un muro de piedra incapaz de sentir nada. Se limitó a cumplir con sus quehaceres, moviéndose con eficiencia mecánica. Pero Natalia decidió cambiar de estrategia.

—¿Tiene usted mucho tiempo trabajando aquí? —preguntó de pronto, con un tono que intentaba sonar ligero, mientras la observaba quitar el polvo de la cómoda.

La mujer se irguió apenas un segundo, sorprendida, y luego asintió con voz grave:

—Sí, llevo bastante tiempo.

Natalia ladeó la cabeza, mordiendo su labio inferior con una mezcla de nervios y desafío.

—¿Y Alessandro siempre acostumbra a hacer esto? —preguntó, cargando sus palabras de una ironía venenosa.

La mujer, que no parecía ingenua, se giró con una ceja arqueada.

—¿Hacer qué, señorita? —replicó en el mismo tono.

Natalia bufó, cruzándose de brazos.

—Encerrar mujeres en esta casa.

Por primera vez, un gesto se dibujó en el rostro de la criada: una sonrisa breve, casi cómplice.

—Es un hombre enamorado… italiano y chapado a la antigua.

Natalia la miró con incredulidad, los ojos muy abiertos, antes de resoplar con indignación.

—¿Enamorado? ¿Así lo llama usted?

La mujer dejó el trapo sobre la cómoda y se giró hacia ella con más confianza de la habitual.

—Alessandro me dijo que tuvieron una terrible discusión —comentó con calma—, y que por eso tuvo que actuar de manera drástica.

Natalia soltó una carcajada amarga.

—¿Y usted le cree semejante mentira?

—¿Y por qué no habría de creerle? —replicó la mujer, llevándose las manos a la cintura como si estuviera defendiendo a un hijo—. Mi bambino ya lo ha anunciado con bombos y platillos a todos, incluida la prensa: ustedes van a casarse. Y si Alessandro ha hecho algo semejante, es porque está realmente enamorado. Al fin cerró ese capítulo oscuro de su vida que tanto daño le hizo.

Natalia sintió que el aire le abandonaba los pulmones.

—¿¡Anunció el matrimonio!? —gritó, presa del pánico.

La mujer asintió, sonriendo con satisfacción, como si aquella noticia fuera un triunfo personal.

En ese instante, Natalia quiso morirse. La desesperación le heló la sangre al comprender que sus posibilidades de escapar se reducían a cenizas. Si Alessandro ya había hecho público aquel supuesto compromiso, estaba atrapada en una jaula mucho más grande que esas paredes: la de su reputación y su destino manipulado.

⚜️⚜️⚜️⚜️⚜️⚜️

Tirada en la cama, con los ojos fijos en el techo de su habitación, Natalia sentía cómo la desesperación se le clavaba en el pecho como un peso insoportable. Aquella recámara lujosa, con cortinas pesadas, muebles de caoba y una cama demasiado grande, no era más que una jaula de oro. Podía tenerlo todo, menos lo único que realmente ansiaba: libertad.

Se negaba incluso a encender la televisión, a probar un solo bocado, a distraerse con cualquier comodidad que llevara el sello de Alessandro Martinelli. No le daría ese gusto.

Estaba dispuesta a llevar su resistencia al límite. Si su carcelero quería quebrarla, ella contraatacaría con lo único que tenía a mano: su propio cuerpo como arma de guerra.

La puerta se abrió de golpe con un estruendo que la hizo incorporarse de inmediato. Alessandro irrumpió en la habitación como un vendaval. Natalia curvó los labios en una sonrisa maliciosa, consciente de que cada gesto suyo era gasolina para encender la furia de ese hombre.

—¿Se puede saber por qué carajos no quieres comer? —rugió él, la voz áspera y cargada de ira.

Natalia se sentó lentamente en la cama, con la espalda recta y la barbilla erguida. Lo observó con descaro. Alessandro estaba impecablemente vestido, un traje a medida que resaltaba su porte dominante. Sus ojos oscuros lanzaban chispas, y esa aura de poder, mezclada con su atractivo brutal, lo hacía ver tan irresistible como peligroso. Natalia pensó, con amarga ironía, que era absurdo que alguien como él tuviera que comprar una esposa, seguramente le sobraban mujeres dispuestas a rendirse a sus pies. Aquello solo confirmaba que sus intenciones eran oscuras.

—De ti no quiero nada —respondió con altanería, clavándole la mirada como una daga.

Él avanzó un paso más, sus hombros tensos, los puños cerrados a los costados.

—¿Acaso quieres morir de inanición? —Su voz retumbó en las paredes, dura, cortante.

Natalia alzó la barbilla con desafío, sin apartar la mirada.

—Sí, eso es exactamente lo que deseo. Si no me dejas ir, no comeré. Moriré de hambre… y tu cautiva se te irá de las manos. No tendrás esposa con quien casarte.

Los labios de Alessandro se curvaron en una sonrisa oscura, cargada de amenaza y de un retorcido disfrute.

—Eso lo veremos, ragazza.

Sin añadir nada más, dio media vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta de un portazo. El silencio volvió a instalarse, pero Natalia permaneció sentada, con el corazón desbocado y un cosquilleo eléctrico recorriéndole la piel. El enojo era real, pero también lo era la peligrosa atracción que ese hombre ejercía sobre ella. Y eso la enfurecía aún más.

⚜️⚜️⚜️⚜️⚜️⚜️

En su despacho, Alessandro revisaba documentos y hablaba en tono seco por teléfono cuando la puerta se abrió con discreción. Roberto, su soldato de confianza, aguardó a que terminara la llamada antes de avanzar unos pasos.

Alessandro colgó el auricular y lo observó con expectación.

—¿Conseguiste lo que te pedí? —preguntó con voz grave, sin adornos.

Roberto asintió y se quitó el sombrero con respeto.

—Sí, Don. La joven es hija de Franco Smith. Se llama Natalia.

—Su nombre no me interesa —interrumpió Alessandro, golpeando la mesa con los dedos, impaciente—. Quiero algo que doblegue a esa fiera.

Roberto se acercó y bajó un poco la voz, como si lo que iba a decir requiriera un matiz de confidencialidad.

—La joven tiene una abuela, a la que adora. Está grave en el hospital. La chica no sabe nada… pero, según nuestros informantes, la mujer sufrió un paro cardíaco cuando se enteró de que su hijo había vendido a su propia hija a un burdel. —Sacó una carpeta y se la entregó a su jefe.

Alessandro se recostó en su silla de cuero y abrió el expediente. Sus ojos se deslizaron sobre cada hoja mientras una sonrisa helada se dibujaba en sus labios. Se llevó una mano a la barbilla, pensativo, como un depredador que descubre el punto débil de su presa.

—Muy buen trabajo —dijo al fin, con un tono satisfecho—. Ahora ve al hospital, saca a la mujer de allí y llévala a una de nuestras clínicas. Quiero que reciba el mejor tratamiento, que no le falte nada. Y mantén al padre bajo vigilancia constante.

Roberto inclinó la cabeza con respeto.

—Vado subito, capo.

El eco de sus palabras en siciliano quedó flotando en la estancia cuando salió, dejando a Alessandro con la carpeta entre las manos y una certeza oscura en la mirada: ahora tenía la llave para someter a Natalia.

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