Capítulo 9

Dos días después, el día de la boda llegó.

Natalia no había parado de llorar desde que amaneció. El maquillaje de lujo que intentaron aplicarle no alcanzaba a disimular la hinchazón de sus ojos. Ese no era el destino que había soñado para sí misma. Ella había tenido sueños, proyectos, ilusiones… pero ninguno incluía casarse con un hombre al que apenas conocía, que la había arrancado de su vida para comprarla como si fuese una mercancía en un burdel miserable, donde la había vendido su propio padre.

Aquello no era un comienzo, sino una condena.

Un séquito de mujeres y hombres entró a su habitación, todos cargados con cajas y utensilios. La rodearon como un enjambre disciplinado, peinándola, maquillándola, ajustando el vestido. El traje de novia era deslumbrante, diseñado por una casa de moda de renombre. El tul caía en cascadas etéreas, las perlas brillaban en los bordes y las joyas que le colocaron en el cuello y muñecas eran escandalosamente caras. Todo era perfecto. Demasiado perfecto.

Y, sin embargo, para Natalia no tenía ningún valor. Desde niña había soñado con este día, pero siempre imaginó un altar al que llegaría tomada de la mano de un hombre a quien amara de verdad. Ese sueño había sido destrozado, reemplazado por una pesadilla.

Lo único que le dio fuerzas para ponerse en pie y salir de su jaula de oro fue pensar en su abuela, Rosa. Por ella estaba dispuesta a sacrificarse.

El día amaneció espléndido, soleado, como si el cielo ignorara la tragedia que estaba a punto de consumarse. La villa fue decorada con un lujo digno de un príncipe. Nada estaba fuera de lugar. Todo estaba diseñado para mostrar poder.

Natalia fue escoltada hasta un SUV negro de vidrios polarizados. Las medidas de seguridad eran tan estrictas que parecía más una prisionera que una novia. Alessandro no confiaba en ella ni un segundo, y con razón: si pudiera, se esfumaría sin mirar atrás.

La ceremonia se realizaría en una iglesia en el centro de Manhattan, conocida por ser punto de reunión de la comunidad italiana. Cuando el vehículo se detuvo frente al templo, la puerta se abrió y un hombre le tendió la mano para ayudarla a descender.

El hueco en el estómago de Natalia se amplió al instante. El sonido de los flashes la cegó por momentos. Los periodistas y fotógrafos gritaban preguntas, sus voces se mezclaban en un caos ensordecedor:

—¿Qué se siente ser la mujer elegida del soltero más cotizado de la ciudad?

—¿Ya Alessandro olvidó a Anabella Barone?

—¿Su matrimonio es una revancha?

—¿Cuánto tiempo llevaban saliendo?

Natalia pestañeó, desorientada, atrapada en ese torbellino de luces y voces. ¿Quién demonios era Alessandro, para despertar semejante interés en la prensa?

El impulso fue inmediato: correr. Escapar como en las películas, como Julia Roberts en Novia fugitiva. Dio un paso atrás, con la idea de echarse a correr, pero los hombres de seguridad que la rodeaban no se lo permitieron. Sus manos fuertes la devolvieron a la realidad. No había salida.

Dentro de la iglesia, un desconocido la guió hacia el altar. El templo estaba lleno hasta los últimos bancos, rebosante de rostros desconocidos, todos bien vestidos, todos ricos. Sus miradas se clavaban en ella como agujas. Natalia los ignoró, avanzando bajo los acordes solemnes de la Marcha Nupcial de Mendelssohn, que retumbaba en sus oídos como el redoble de una sentencia.

Su corazón palpitaba tan fuerte que le dolían las sienes. Tenía la piel helada, las manos le temblaban.

Al llegar al altar, lo vio. Alessandro.

Lucía espléndido, vestido de impecable negro, con esa seguridad innata que irradiaba poder y peligro. Sonreía, y parecía realmente feliz. Fingía a la perfección, como si no fueran dos desconocidos obligados a unirse, sino amantes celebrando un sueño cumplido. Cuando tomó su brazo, Natalia, contra todo pronóstico, sintió un extraño alivio, una seguridad peligrosa que la confundió.

La ceremonia transcurrió sin interrupciones. Sus labios pronunciaron el “sí” con la voz quebrada. El anillo brilló en su dedo. Y entonces el sacerdote pronunció la frase fatídica:

—Puede besar a la novia.

El silencio en la iglesia se volvió expectante.

Alessandro giró hacia ella con su sonrisa matonesca, esa que era un recordatorio constante de que él siempre ganaba. Levantó una mano y rozó su mentón con los dedos, lento, posesivo. Natalia contuvo la respiración, el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que dolía.

Él se inclinó. El mundo pareció detenerse.

Y cuando sus labios se posaron sobre los de ella, un impacto recorrió todo su cuerpo. La tierra dejó de girar, sus pies parecían echados a raíces. Era como si su propio cuerpo la traicionara, incapaz de reaccionar, atrapada en un hechizo que jamás habría querido aceptar.

Alessandro inclinó el rostro y, con un movimiento firme, hizo que Natalia abriera la boca para él. Su aroma —mezcla de especias, tabaco caro y una nota oscura de poder— invadió sus sentidos. El sabor de su beso le robó la razón. Sus labios eran suaves como seda, pero se movían con una exigencia feroz, capaz de doblegarla. ¡Qué sensación tan perversa y maravillosa!

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