Alessandro sostuvo la mirada de Anabella como quien observa a una serpiente enroscada: con rabia contenida y el deseo ardiente de estrangularla con las propias manos. Pero sabía que no podía ceder a ese impulso. Cada movimiento tendría que ser calculado; la partida aún no terminaba. Su arma era el engaño bien ejecutado: dejar que ella creyera que tenía la sartén por el mango hasta que llegara el momento de rematarla. Aquella victoria final estaba cerca; solo debía aguantar un poco más.
—Está bi