Un médico se acercó al enterarse de que él era el esposo de la joven recién ingresada. Llevaba la bata blanca ligeramente arrugada, los lentes torcidos sobre la nariz, y un aire nervioso que delataba que reconocía exactamente con quién estaba hablando.
—¿Cómo está mi esposa? —preguntó Alessandro con el rostro tenso, la voz cargada de urgencia.
El doctor titubeó antes de responder. Bajó la mirada, tomó aire y habló con cautela.
—Le seré lo más sincero posible: la señora Natalia no está bien.
Ale