Natalia había perdido la noción del tiempo; no sabía si habían sido horas o días. La rabia y el dolor que ardían en su pecho le nublaban la razón. Cuando el llanto menguó, una calma tirante la devolvió a un mínimo de claridad. Pensó, entonces, que no podía quedarse inmóvil: debía actuar con paciencia y esperar su oportunidad.
Alguien finalmente entró: un hombre con la camisa arrugada que traía una bandeja con comida. Se inclinó, dejó la bandeja al lado de la cama y, sin mediar palabra, desató l