Alessandro se sirvió otro trago. Esta vez lo sostuvo entre las manos, bebió un sorbo y caminó hasta su escritorio. Apoyó el vaso, se aflojó la corbata con un gesto brusco y se arremangó la camisa. Sobre la mesa dejó la pistola, como quien deposita una promesa de acción, y se sentó, el rostro tenso.
—¿A dónde quieres llegar? —preguntó, la voz áspera por la mezcla de alcohol y adrenalina.
Marcello golpeó suavemente la ceniza contra el cenicero y se inclinó hacia delante, serio. —A que te enfoques