Anabella frunció el ceño, con el labio inferior temblando de rabia.
—¡Eso nunca! —exclamó, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¿Te has vuelto loco? Nunca voy a entregar el poder. Yo seré la jefa de los jefes, y esos hijos de puta besarán el suelo por donde yo camine.
Agarró la tablet con movimientos decididos, caminó hacia la galería y escogió tres imágenes. Con dedos precisos y rápidos, escribió el mensaje para Alessandro, su voz se mantenía firme mientras murmuraba las palabras para s