Anabella dejó escapar una carcajada corta, llena de veneno, y contempló a Natalia con el regocijo de quien acaba de arrebatar una victoria irrecuperable. Se sentía dueña del momento: había borrado la sonrisa de seguridad de la mujer, esa que se había alimentado de creer que Alessandro le pertenecía. “La única mujer en la vida de ese hombre soy yo”, se dijo orgullosa por dentro.
—Te lo dije: Alessandro es mío —dijo, clavándole la mirada—. Siempre lo será. Y aunque te revuelques en la cama con él