Alessandro llegó a la villa entrada ya la tarde. El aire estaba tan quieto que parecía que la casa contenía la respiración. Todo permanecía en una calma inquietante, demasiado silenciosa para su gusto. Subió las escaleras con paso pesado, cada peldaño aumentando la presión en su pecho. Al pasar frente a la habitación de Natalia, notó la puerta cerrada de par en par, como un muro que lo excluía.
Un malestar punzante se le instaló en el estómago. Uno de sus sirvientes ya le había advertido que el