Misha
—Oye, ¿estás ocupada? —la voz de Drea es tan suave a mi lado que apenas la escucho.
Levanto la vista de mi libro, El arte de la guerra. Lo he leído ya una docena de veces, pero esta casa no tiene una biblioteca muy grande. Ya revisé todo lo demás que me interesaba. —¿Qué pasa?
Ella entrelaza las manos, retorciéndolas con tanta fuerza que parece que intenta sacarles agua. Honestamente, se ve doloroso. —¿Podemos hablar? —mira a Lenin, que todavía está absorto en un ejemplar de alguna novela