Puedes conseguir mucho más con una palabra amable y una pistola que con una sola palabra amable.
Al Capone
Todo el buen humor de Alessandro se desvaneció en el instante en que escuchó la noticia de que la mujer que, aunque le había destrozado el corazón, aún ocupaba un rincón en él, se había casado con su peor enemigo: Alonzo Rossini. La satisfacción que había sentido por su matrimonio con Natalia, la promesa de un futuro diferente, quedó sepultada en la memoria de Anabella, como un cadáver enterrado en lo profundo de su conciencia. En cuestión de segundos, la atmósfera que lo rodeaba se cargó de amargura.
Mientras el automóvil avanzaba hacia la Villa, las calles parecían borrosas, como si todo a su alrededor se desvaneciera mientras él se sumergía en los recuerdos. Esa mujer. La mujer que le había jodido la vida. El recuerdo era tan vívido, tan desgarrador, que sintió como si la ira lo consumiera por completo.
Todo había comenzado una noche, en una fiesta de negocios, cuando vio a Anabella por primera vez. Estaba al otro lado de la estancia, rodeada de gente, pero era como si una luz la envolviera. Era imposible no mirarla, imposible no desearla. Aquella rubia, deslumbrante, perfecta en su pose, era la mujer más sexy que había visto en su vida. No perdió tiempo, se acercó a ella. Lo que siguió fue una persecución de semanas, en las que ella jugó a ser inaccesible, eludiéndolo, desafiándolo, hasta que al final cedió. Cuando aceptó salir con él, fue como si el mundo se abriera ante él, lleno de promesas. Se enamoró como un loco.
Al principio, todo parecía perfecto. Él planeaba su futuro a su lado, ignorando las advertencias que recibía de su familia y amigos, aquellos que siempre le decían que esa mujer no era para él, que solo buscaba su dinero, su poder. Pero él no escuchaba. Anabella lo envolvía en su magia, y él se dejaba arrastrar. Se enamoró con la misma intensidad con la que otros se entregan a la desesperación.
Anabella era hermosa, sí, pero más que eso, era peligrosa. Lo que no veía Alessandro, hasta que fue demasiado tarde, era que ella no tenía límites. Anabella era capaz de cualquier cosa por conseguir lo que quería, y había logrado su objetivo: su corazón. Cuando él le ofreció matrimonio, creyó que ella era lo único que necesitaba en su vida. Quería que gobernara junto a él su vasto imperio, que fueran invencibles, imbatibles... pero la traición llegó antes que el altar. A pocos días de la boda, Anabella huyó con Alonzo Rossini, un hombre que Alessandro siempre había despreciado. El golpe fue brutal.
Desde ese momento, se juró que nunca más entregaría su corazón a ninguna mujer. Anabella le había enseñado lo peor del amor, y Alessandro había aprendido la lección de la manera más dolorosa. Recordar lo que había vivido con ella lo perturbaba, lo hacía sentir vulnerable, algo que no podía permitirse.
El coche se detuvo frente a la Villa, y aunque no lo quería admitir, la sensación de que su día estaba empeorando se instaló en su pecho. Al bajarse del vehículo, seguido por sus escoltas, fue recibido por Roberto, uno de sus hombres de confianza. En su rostro había algo que no le gustó. Roberto se acercó con una expresión tensa, lo que inmediatamente lo puso en alerta.
—¡Cazzo! —exclamó Alessandro, su rostro oscurecido por la furia—. ¿Cómo la dejaron salir? —preguntó, casi mordiendo las palabras.
Roberto, visiblemente nervioso, intentó dar una explicación.
—Pensamos que ahora que estábamos casados, podíamos relajar un poco la seguridad.
Error fatal, pensó Alessandro, los dientes apretados. El hecho de que pensaran que podrían relajarse en un momento como ese le causaba un desdén profundo.
—Yo no te pago para que pienses, Roberto —gruñó, su voz helada—, sino para que hagas lo que yo te diga.
Roberto, humillado, se inclinó ligeramente.
—Mi dispiace, signore.
Alessandro levantó una mano, como si no quisiera escuchar ni una disculpa. Su paciencia ya se había agotado por completo.
—No acepto tus disculpas, hasta que consiga a mi spoza. — Con esas palabras, la amenaza en su tono era clara. Roberto sabía lo que se jugaba. Si no encontraba a Natalia a tiempo, las consecuencias serían graves, y su posición en la organización estaría en serio peligro.
Sin perder más tiempo, Roberto reunió a varios hombres para empezar la búsqueda. En cuanto se fue, Alessandro entró a la casa con paso firme y directo a su despacho. Allí, cerró la puerta tras él, se sirvió una copa generosa de coñac y se dejó caer en la silla, pensativo. Sabía que Natalia no había huido sin razón. Había algo que la había impulsado a irse, y su mente empezó a trabajar rápido, como una máquina bien aceitada, analizando todas las posibilidades.
Después de unos segundos, algo encajó. Recordó las conversaciones sobre su abuela Rosa, el lugar que más la había marcado en su vida, el único al que realmente le importaba regresar. Con esa conclusión, no perdió tiempo. Vació su copa de un solo trago, sintiendo el ardor del licor en su garganta, y salió de su despacho.
El Mercedes Benz Maybach Exelero rugió bajo su pie, el motor dejando atrás la Villa a toda velocidad. La búsqueda de Natalia no iba a ser sencilla, pero no dudaba de que ella se encontraba allí, en ese lugar que no podía abandonar, donde todo había comenzado para ella. Y cuando la encontrara... no sabía lo que haría, pero lo que sí sabía era que no dejaría que ella se escapara.