La nieve caía sobre las montañas Adirondacks con una densidad opresiva, transformando el bosque de pinos en un cementerio de agujas blancas y sombras alargadas. El aire era tan frío que quemaba los pulmones, pero mi sangre ardía con la herencia de los Vatatzes y la furia de una mujer que ya no aceptaba más subastas. A mi lado, Mavros era una presencia espectral, vestido con equipo táctico negro que contrastaba violentamente con la blancura del entorno. Sus ojos grises, fijos en la entrada camuf