El estallido del pulso sónico dejó un zumbido metálico y agónico en mis oídos, una vibración sorda que parecía brotar desde la roca misma de los acantilados de Kythira. El polvo de mármol y las astillas de la madera noble de la biblioteca flotaban en el aire denso, suspendidos en la negrura absoluta que había engullido la villa tras el colapso del sistema eléctrico principal. Sentía el peso sólido y protector de Mavros sobre mi cuerpo, sus hombros anchos sirviendo de escudo contra la lluvia de