El amanecer sobre el Golfo de Palermo no traía esperanza; traía el peso de una responsabilidad que se sentía como una armadura de plomo. La capital siciliana, con sus palacios barrocos de piedra dorada y sus callejones que olían a incienso y a secretos milenarios, nos esperaba con la respiración contenida. La noticia de la destrucción de la fortaleza de Calogero se había extendido por las venas de la isla más rápido que un reguero de pólvora, y el miedo era ahora la alfombra roja sobre la que M