La noche siciliana no era oscura; era negra, una negrura espesa que parecía emerger de las entrañas del Etna para tragarse cualquier rastro de piedad. Desde el balcón de la Villa dei Sospiri, el mundo olía a azufre y a la adrenalina metálica que precede a una masacre. Mavros estaba a mi lado, terminando de ajustar su chaleco táctico bajo la chaqueta de diseño. Sus movimientos eran precisos, casi quirúrgicos, el ritual de un hombre que se prepara para entrar en el infierno y salir con la cabeza